En nota publicada el 26 de enero, Gonzalo Rovira hace observaciones a mi columna “De progresistas y regresistas”. Se refiere a una afirmación que es periférica dentro del artículo, pero políticamente importante, en torno a la llamada “política de los consensos”, a la que atribuyo un efecto, quizás no deseado, pero, creo, determinante en la exasperación del electorado no derechista y la desincentivación de la participación política, que terminó en la derrota de Eduardo Frei. En realidad, la columna sólo pretendía proponer un contenido y significado para el concepto de “progresistas” en política, teniendo en cuenta que ha sido usado y “manoseado” con intencionada vaguedad.
Dice Rovira, al discutir lo que llama “el cierre argumental” del artículo, que, dado un conjunto de condiciones que establece, “no necesariamente el progresismo light ha aprendido la lección”. Quisiera decir que el artículo fue escrito y publicado antes de la segunda vuelta, y que sólo establece claramente que ni la derecha ni Piñera pueden ser llamados progresistas. De lo que no se deduce que el resto lo sea. Es más, al dar como razón de esta confusión a la “política de los consensos” (con la derecha), se está diciendo claramente que “otros”, por lo menos, no han actuado como progresistas. Un solo ejemplo: el lucro en la educación. Por último, es claro que si los conceptos estuvieran perfectamente definidos, se podría, simplemente, llamar al pan, pan y al vino, vino. Pero hay tantas clases de pan y tantas variedades de vino, que no basta con decir pan y con decir vino. Es necesario saber de qué pan y de qué vino estamos hablando.
Lunes 1° de febrero de 2010.